jueves, enero 25, 2007

URI GELLER METE MENTA EN LA MENTE DE LA GENTE O TEME MIENTRAS MIENTE

Uno de los días pasados de esta semana pasó algo común con cierto carácter extraordinario. Cada mañana y cada tarde, para ir y volver del periódico utilizo el colectivo 23, un simpático minibús rojo con capacidad limitada en el que muchos de los pasajeros crónicos nos conocemos e incluso saludamos.
Más allá de su amabilidad e intimidad, la frecuencia del 23 es una porquería porque pasa cada 15 minutos cuando el endiablado tráfico de Tel Aviv se lo permite. Pero así como uno insiste en vestir una remera hecha mierda porque le es cómoda aunque la estética sea la del pintor que usa el barquito de papel para no mancharse la bocha, también persiste la flaqueza de tomar ese colectivo, que a veces arrastra demoras de 25 minutos.

Cuestión que hay días en los que me hincho las pelotas de esperar, fumarme dos cigarrillos en 10 minutos, cagarme de frío y darle rienda total a la ansiedad de pasajero. El síndrome de llegar antes tan sólo por ganarle al destino.
Una tarde el 23, que me deja a cuatro cuadras, no venía y apareció el 63, más frecuente, más grande, más alto en la escala cardinal y con más historia. Pero me deja a seis cuadras. No lo dudé. Lo tomé muy dispuesto a caminar de más por la avenida King George, mezcla de Diagonal Norte, Scalabrini Ortiz y Acoyte, y llegar tranquilo a casa.

Pero por supuesto casi nada es como uno lo planea. Perdón, como uno lo idealiza. Es así que a mitad del recorrido entre el semanario y mi casa, el 63 se desvía y toma una calle en la que en un punto el 23 define su recorrido debido al cierre de una calle principal planteado por la policía. ¡El 63 se disfrazó de 23 y me estaba ahorrando las dos cuadras sin proponérmelo! Estas pequeñas salidas urbana de la rutina, digo salidas colectivas, que afectan a un grupo, me gustan siempre y cuando no acarreen consecuencias negativas como la posibilidad de darnos cuenta que el chofer del colectivo es Freddy Krueger o ser asaltados de forma masiva por un desesperado. Ni hablar de los atentados terroristas, ¿no?

Retomando, el colectivo comenzó a hacer el camino del 23 y yo contento mientras otros se comenzaban a desesperar porque la vuelta al mundo que el bus comenzaba a dar traía consigo un delay de varios minutos porque obviamente no sólo el micro había sido desviado sino toda una legión de conductores impacientes en hora pico. Estrés por todos los costados.

En un momento, el chofer toma el Bulevar Rothschild y en la esquina de Sheinkin le pido bajar. Sheinkin es como Honduras y Serrano (Palermo-Buenos Aires) o Fuencarral (Madrid). Allí hay moda, tendencia, caretas, lindas, lindos, curiosos, colores, buena ropa, charla jovial, prendas informales, sex shops, comidas al paso, cafés, discos, una placita y millones de accesorios de colores chillones. Inutilidades cautivadores, defensores de los derechos de los pollos y algún que otro ilusionista.

Empiezo a bajar por Sheinkin, segunda paralela a mi calle, a cuatro cuadras de mi casa. Manos en los bolsillos, bolso al hombro y a mirar un poco mientras ando. En eso veo a una figura espigada, muy alta, masculina y con aires femeninos también. Es un hombre delgado y anguloso, cabeza y dedos largos. Inseguro pero magnético. ¡Es Uri Geller! Para aquellos que no saben quién es, pueden resolver el misterio en Wikipedia, Google, http://www.uri-geller.com/ o a través de algún método espiritista.

Igualmente hago un breve resumen: Uri es israelí, tiene 60 años pero parece de 45, y cuenta la leyenda que tiene poderes sobrenaturales. Dominó la escena mundial décadas atrás doblando cucharas, moviendo agujas de reloj a discreción y manipulando brújulas sin tocarlas. Hizo fortunas en EEUU detectando napas de petróleo y rastreando muertos de manera sensorial. Se fue a vivir a Londres hace mucho tiempo.
Allí, en su mansión, tiene un trono de cristal. Mito o realidad, yo lo vi en la calle.

¿Por qué lo vi en Tel Aviv si vive en Gran Bretaña? Geller volvió a Israel hace algunos meses con un programa televisivo llamado "Uri Geller busca a su heredero", un espantoso show en vivo donde superdotados a nivel telekinético o simples ilusionistas-prestidigitadores compiten entre sí para llegar a coronarse como reyes de la psiquis o infernales farabutes de la magia.
Mi ambigüedad parte de un punto sin retorno: si estos tipos tienen poderes especiales cómo es que no saben de antemano quién ganará o por qué no se debaten en una guerra psíquica de esas que terminan mal, con un triunfador poderoso y un rival exhausto al que hay que tirar al tacho o internar en el loquero.

Volviendo a "mi visión en Sheinkin", yo iba caminando y lo reconozco de atrás mientras el tipo caminaba con una mujer mucho más baja que él. Iban como mirando vidrieras. Un metro antes de alcanzar el lugar en donde estaban, Geller se da vuelta y me mira. Y como se que hace a un lado y me deja pasar.
Me quedo semi-duro, porque sigo caminando, y en un segundo pienso la forma de encararlo para una entrevista para publicar en el semanario. Todo a la velocidad de la luz, pienso preguntas y nada me cierra. Se me bloquea el pensamiento y la imaginación, y en vez de darme vuelta y encararlo como hice otras veces (algunas con éxito) en situaciones similares casuales con "famosos" o "personalidades", antes de sacar mi tarjeta y una lapicera me obligo a seguir camino a mi casa. Me perturbo.

Su magnetismo, que atrae y repele como las caras opuestas del imán, hizo que, una vez que lo pasara y decidiera no encararlo, me diera vuelta y lo buscara con la mirada. Sus ojos encontraron a los míos a tres metros.
Al instante giré la cabeza hacia adelante, hacia donde me dirigía, y me fui.

Llegué a mi casa donde Alma y Marina compartían cierto fastidio luego de que la niña no hubiera dormido bien la siesta de la tarde.
Energizado intimé a Marina a salir a despejar los humores cambiados con una excusa: volver a encontrar a Geller frente a frente, acompañado yo en la ocasión de mi fiel compañera de batallas y el espíritu virgen y demoledor de una beba que tiene el tamaño de un garbanzo y el coraje de Pepita la pistolera.
Con mi pequeña pero hermética falange salí a la calle bien decidido. Con la idea fija de enfrentar a Uri cueste lo que cueste.
Guié a las chicas hacia Sheinkin con un cálculo que me daba como resultado el encuentro con el mago a pocos metros. Evalué el ritmo de caminata de Geller, más lo que tardamos y le sumé ritmo al andar.

Llegamos a Sheinkin y recorrimos todo el camino que yo había hecho de ida hacia mi casa. Nada. El tipo no estaba, se había esfumado, desmaterializado. Quizás fue asesinado por un relojero rebelde o condecorado lejos de allí por un millonario fabricante de cubiertos. Decepción.

Una vez que me enfrié, todavía en la calle, me puse a pensar si acaso el mismo Geller no habría causado el desvío del 63 que se convirtió en 23 para que yo me lo cruzara con algún motivo en especial. No lo sé. No lo puedo averiguar. O Geller no me deja.

Quizás me eligió a mi al azar entre el inmenso y creciente mar de escépticos del mundo para darme una lección de parapsicología I.
Tal vez me hizo preso y caí ese día en un espiral psíquico vistiendo una buena polera y un lindo saquito de cuero. Uri, mientras me queda algo de gobierno mental te advierto que nos volveremos a ver.
Allí te encararé con lo único que me sobra para bien o para mal: la palabra y la verdad (Emet en hebreo), aquella que le fue escrita sobre el cuerpo de barro al Gólem de Praga.

¿Es que acaso ya soy un gólem de Geller? ¿El ya decide por mí y me ordena acciones? ¿Tengo en la frente o en el paladar el vocablo Emet?
Cuenta la leyenda que si se le borra la primera letra a Emet y queda escrito met (muerto), el gólem asesina. Si pasa algo, llévenme tabacos, Coca Cola y lectura a la cárcel.

Ah, me corté el pelo. Muuuuuuuuuy conforma, al estilo Gallagher. ¿O se decía Geller?

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